Este mes se cumplen seis años desde que la World Health Organization declarara oficialmente la pandemia mundial por COVID-19. Aunque el mundo parece haber retomado su ritmo, los efectos de aquella crisis sanitaria aún persisten, y las más afectadas han sido, como siempre, las niñas, los niños, los jóvenes y las familias en situación de vulnerabilidad.

La pandemia amplió las desigualdades: el cierre de los colegios y la transición a la educación online dejaron al descubierto una profunda brecha digital y educativa. Para muchas familias vulnerables, no disponer de internet de calidad, de dispositivos adecuados o de un espacio tranquilo para estudiar significó perder meses de aprendizaje. Algunos adolescentes nunca pudieron retomar el ritmo y eso aumentó el riesgo de abandono escolar y limitó sus oportunidades. El aislamiento y la incertidumbre provocaron un aumento de problemas emocionales y de salud mental entre la juventud más vulnerable. Muchos jóvenes encontraron en los proyectos de nuestras entidades la única estabilidad durante esos meses críticos.

La pandemia no solo afectó a los menores y jóvenes, sino también a sus familias. La pérdida de empleo o la reducción de ingresos en hogares con escasos recursos generó situaciones difíciles. Muchas familias se vieron obligadas a  priorizar la alimentación básica frente a los materiales educativos, o el trabajo frente al acompañamiento de sus hijos e hijas. Estas tensiones incrementaron la vulnerabilidad infantil, generando un círculo difícil de romper.

Las entidades que trabajamos con infancia y juventud en situación de vulnerabilidad nos enfrentamos a un desafío: garantizar que nadie quedara atrás. Desde la red que forman las entidades de Coordinadora, intentamos, desde el principio, paliar las consecuencias que afectaban a la infancia, la juventud y las familias con las que interveníamos.

Se puso a prueba nuestra capacidad de reacción y la prioridad estaba clara: cubrir las necesidades básicas de las familias con mayores dificultades. Esto incluyó alimentación, higiene, productos de primera necesidad, conectividad y dispositivos para que los niños, niñas y jóvenes pudieran seguir sus clases online; refuerzo educativo y acompañamiento virtual para asegurar que los menores no quedaran rezagados; apoyo emocional y psicológico, ofreciendo espacios seguros donde expresarse y aprender a gestionar sus emociones. Una vez más, nos convertimos en la primera línea de detección, asumiendo un papel clave para minimizar el impacto.

Hoy, seis años después, seguimos trabajando para revertir las consecuencias más profundas de aquel periodo, muchas de las cuales aún siguen presentes:

  • Brecha de aprendizaje persistente: Según la UNESCO, el cierre de escuelas afectó a más de 1.600 millones de estudiantes en 190 países. Un informe del Banco Mundial estima que la “pobreza de aprendizaje” (niños/as que no pueden leer un texto simple a los 10 años) aumentó del 53% al 70% en países de ingresos bajos y medios; y concretamente en España, evaluaciones educativas mostraron retrocesos equivalentes a varios meses de aprendizaje, especialmente en alumnado vulnerable.
  • Riesgo de abandono escolar: UNICEF alertó de que hasta 24 millones de estudiantes podrían no regresar a la escuela tras la pandemia. El abandono afecta más a jóvenes en contextos de pobreza, migración o exclusión social.
  • Dificultad para acceder a recursos digitales: Durante el confinamiento, alrededor de un tercio de los estudiantes del mundo no tuvo acceso a educación online, según un informe de UNICEF de agosto de 2020. En Europa, se evidenciaron desigualdades en acceso a dispositivos y conexión estable, especialmente en hogares con menos recursos.
  • Ansiedad y estrés, la incertidumbre, los cambios en la rutina y el aislamiento social dejaron secuelas emocionales significativas: La Organización Mundial de la Salud reportó un aumento global del 25% en trastornos de ansiedad y depresión en el primer año de pandemia. En España, servicios de salud mental infantil registraron incrementos significativos en consultas por ansiedad, autolesiones y trastornos del ánimo.
  • Soledad y aislamiento social, la pérdida temporal de relaciones afectivas impactó la socialización y la autoestima: Estudios de Save the Children indican que más del 60% de niños/as y adolescentes se sintieron solos/as o aislados/as durante el confinamiento.
  • Problemas de comportamiento, mayor irritabilidad, dificultades de concentración, conductas regresivas…Un estudio de OECD señala un empeoramiento del bienestar emocional y conductual en estudiantes tras el cierre escolar.
  • Pérdida de espacios seguros (colegios, espacios socioeducativos, comunitarios…). UNICEF destaca que el cierre de centros supuso: pérdida de alimentación escolar, menor detección de situaciones de riesgo y menos apoyo psicosocial
  • Mayor exposición a entornos familiares con riesgos: La ONU advirtió de un aumento de la violencia intrafamiliar durante el confinamiento.
  • Menos oportunidades de interacción con iguales: La reducción de contacto social afectó al desarrollo de habilidades sociales clave, especialmente en etapas tempranas.
  • Impacto en la salud mental: creciente necesidad de apoyo psicológico, el Consejo General de la Psicología de España ha alertado de un incremento sostenido de problemas emocionales en jóvenes desde 2020.

La pandemia no solo fue una crisis sanitaria, sino también una crisis educativa, emocional y social que amplificó desigualdades ya existentes, afectando de forma más intensa a la infancia y juventud en situación de vulnerabilidad.

Aunque la pandemia haya quedado atrás, sus efectos siguen presentes en la vida de muchos niños niñas y jóvenes. Apoyar proyectos socioeducativos, de acompañamiento emocional y desarrollo comunitario no solo beneficia a quienes más lo necesitan, sino que también construye un futuro más justo para todos y todas.

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